Sábado, Diciembre 16, 2017

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De eclipses, huracanes y sismos

muriente

Durante las pasadas semanas hemos contemplado o experimentado directamente fenómenos naturales fascinantes: un avasallador eclipse solar, huracanes de intensidad nunca antes vista y sentida en nuestra región y un movimiento sísmico que ha estremecido el sur de México.

 



Son tres manifestaciones distintas de la naturaleza. Ninguna está relacionada con la otra. Han ocurrido en un mismo período de tiempo, por pura coincidencia; y en tres dimensiones distintas del espacio: el eclipse en el sistema solar terrestre, los huracanes en la atmósfera y el movimiento sísmico en el subsuelo.

Tres ramas diferentes de la ciencia estudian estos fenómenos naturales: Astronomía, Meteorología y Geología.

Los avances astronómicos nos permiten anticipar la frecuencia y ubicación en relación a la Tierra de eclipses solares y lunares. Los descubrimientos meteorológicos nos indican que existe una temporada anual de huracanes en el trópico, relacionada con el calentamiento de las aguas oceánicas; y nos describe detalladamente el nacimiento, desarrollo, ruta y disipación de esos fenómenos que ocurren en la biosfera. Los estudios geológicos no pueden anticipar cuándo va a temblar, pero nos indican la localización de zonas potencialmente sísmicas, relacionado con placas tectónicas, vulcanismo, sistemas montañosos y fosas submarinas.

Esos fenómenos naturales han ocurrido a través de los 4,500 millones de años que tiene la Tierra. Por mucho tiempo fueron incomprendidos por los seres humanos, que aparecimos en escena hace apenas algunos miles de años. De ahí que distintas civilizaciones le adjudicaran carácter sobrenatural: Juracán, el dios del mal que enfrentaba a Yuquiyú, el dios del bien de los Taínos; Vulcano, la isla que se estremecía mientras se forjaban allí lanzas, espadas y armaduras en la antigua Roma; el Sol y la Luna, padres del Inca; constelaciones y dioses de la antigua Grecia, y el Dios cristiano, a quien se le adjudica la creación de todo y quien mora precisamente en el cielo.

A estas alturas sabemos -o debiéramos saber- que no se trata de castigos divinos, ni de pruebas del más allá, ni de milagros o buena o mala suerte. No tiene que ver con que el Papa Francisco visitó Colombia, ni con la perversa Junta de Control Fiscal.

Durante los pasados siglos el ser humano se ha ido apartando de la Naturaleza. Ha perdido de vista que él y ella son --primero que todo-- naturaleza frágil y vulnerable. Ha querido disponer de la Naturaleza a su antojo, de manipularla, maltratarla y hasta sustituirla con pretendida impunidad.

Luego de varios siglos--por lo menos desde la Revolución Industrial de mediados del siglo XVIII-- quemando petróleo, gas y carbón para transformar la Naturaleza en riqueza para unos pocos privilegiados en la economía capitalista industrial, ahora tenemos que enfrentar el cambio climático, fruto directo del calentamiento global, consecuencia de la quema de combustibles fósiles a diestra y siniestra. Ello explica, entre otras anomalías, el comportamiento de la Naturaleza, que produce, por ejemplo, megahuracanes que nos espantan, como Irma.

Luego, si construimos en zonas sísmicas o inundables a sabiendas de que lo son, no hablemos de desastres naturales. Son negligencias sociales.

La Naturaleza, que es nuestra amiga generosa, nos brinda una gran oportunidad de reconciliación. Nos convoca a que la comprendamos y respetemos, y a través de ella a nosotros mismos.

En todo caso, la Naturaleza seguirá manifestándose, en el cielo, en la atmósfera o en el subsuelo. Continuará habiendo eclipses, sismos y huracanes; crecidas de ríos y marejadas; maremotos y lunas nuevas. Es a nosotros a quienes nos corresponde ajustarnos, con humildad y sin soberbia, al planeta en el que nos ha tocado vivir y convivir. (endi.com / 11 sept., 2017)

Fundación Juan Mari Brás

 

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